Nunca he querido que este blog sea un muro de los lamentos, lo cierto es que tampoco es lo que yo imaginé. He anbandonado mi escritura en este cuaderno de notas, diario abierto, pizarrón público, por otros menesteres, la vida, mi tesis de maestría (finalmente felizmente concluida), el trabajo. Nada de lo anterior garantiza que escribiré más seguido, tampoco asegura que no lo abandonaré por meses o que alguna vez lo borre.
Esta noche regreso. Estoy llena de lamentos, de furia, de ideas. Detesto el tono biográfico y confesional que desemboca en la exposición de las tribulaciones que todos vivimos. No quiero exhibir las situaciones que me agobian, baste decir que no sé hacia dónde ir. Me explico. Me duelen los cuerpos ajenos, sea humano o simplemente animal. Enfurezco ante la indolencia, el simulacro y la evasión que nos está hundiendo a todos. Pienso y mucho, pero muchas veces no puedo concretizar mis ideas, supongo que no soy idiota, creo que soy lenta (siempre lo he creído, quizá por eso soy tan activa). Siento que no puedo escribir, me siento un libro vacío, no soy narradora, ni poeta, ¿simplente ensayista?
Por último, no sé hacia donde voy, pero no es porque yo sea una hoja arrastrada por un vendaval. Sucede que no sé qué rumbo elegir.
Escribo y estoy al borde de las lágrimas.
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